Prevención, cuidados y políticas públicas ante nuevas modalidades de violencias

Mesa de trabajo en la que se buscó comprender cómo abordar desde la salud pública un problema tan complejo como el suicidio.

Introducción 

El suicidio constituye un problema complejo de salud pública que requiere respuestas integrales, intersectoriales y sostenidas. Con el propósito de superar los abordajes fragmentados y poner en diálogo diversos saberes, iCiudad organizó la Mesa de Trabajo “Prevención, cuidados y políticas públicas ante nuevas modalidades de violencias”. A través de una perspectiva interseccional, el encuentro buscó comprender cómo las condiciones sociales, económicas, el género, la edad y los territorios atraviesan esta problemática, enfatizando la imperiosa necesidad de fortalecer las redes comunitarias de cuidado.

La transmutación de la violencia y la radiografía de una crisis 

El análisis pormenorizado de los datos y el debate de la mesa revelaron un escenario crítico y muchas veces silenciado. Históricamente, la política de seguridad se ha enfocado en el delito callejero o el homicidio doloso, pero las estadísticas actuales obligan a replantear de inmediato las prioridades. Según los datos del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) expuestos en el encuentro, Argentina alcanzó una tasa de suicidios alarmante, con cerca de 12 casos por cada 100.000 habitantes en 2025, la cifra más alta registrada desde la década de 1960.

Este fenómeno fue definido por los expertos como una verdadera “transmutación de la violencia”. Mientras los homicidios dolosos bajaron sustancialmente (situándose en 3,6 cada 100.000 habitantes), la violencia autoinfligida aumentó de forma exponencial, cobrándose la vida de 14 personas por día. Hoy, los suicidios cuadruplican a los homicidios en el país.

La distribución geográfica de este dolor social es marcadamente heterogénea. El mapa nacional muestra que provincias como Entre Ríos, San Luis y Salta lideran la estadística, registrando en el caso entrerriano tasas de casi 21 muertes por cada 100.000 habitantes.

Esta epidemia silenciosa castiga con especial dureza a las juventudes. El suicidio desplazó a los accidentes de tránsito y se consolidó como la principal causa de muerte violenta en jóvenes de entre 15 y 34 años. De acuerdo con los datos del SISA (Sistema Integrado de Información Sanitaria Argentino del Ministerio de Salud de la Nación) en un período reciente de poco más de dos años se notificaron alrededor de 32.000 intentos de suicidio, evidenciando un nivel extremo de sufrimiento psíquico. Frente a esto, se advirtió un preocupante retroceso de las responsabilidades estatales: cierre de hospitales de día, desmantelamiento de equipos de salud, discontinuidad de acciones de prevención y abordaje comunitarios y una importante merma del presupuesto destinado a políticas de salud mental.  

El padecimiento subjetivo en la era de las “tres heridas”

Como expuso el médico Hilario Bielsa, resulta un error metodológico reducir el suicidio a un mero reflejo de la pobreza material o a una patología individual aislada. Bielsa invitó a enmarcar el problema en una paradoja histórica: mientras la humanidad logró reducir significativamente la mortalidad infantil y el analfabetismo, persisten factores estructurales que abren “tres heridas contemporáneas”.

La primera es la herida ambiental (solastalgia), entendida como la angustia frente a la degradación de nuestro entorno. La segunda es la herida social, marcada por la llamada “soledad de masas”, la instrumentalización política del dolor y la fatiga de la empatía, que socavan el encuentro genuino con el otro. La tercera es la herida psicoespiritual, producto de la hiperconectividad, las presiones de hiperrendimiento y la medicalización del malestar, factores que transforman las tensiones y desigualdades estructurales en vivencias íntimas de fracaso personal.

En la franja etaria de 20 a 34 años, la incapacidad de imaginar y sostener un “proyecto de vida” deseable, la precariedad laboral y vincular, y la incertidumbre general convergen fatalmente. Asimismo, no debe invisibilizarse a la población mayor: el grupo de 80 a 84 años presenta tasas de suicidio superiores al 12,6%. Dado que cerca del 65% de estas muertes ocurren en domicilios particulares, la respuesta exige herramientas para abordar el riesgo agudo: preguntar, escuchar sin juzgar, ayudar a encontrar alternativas vitales y facilitar la atención clínica especializada.

Fuerzas de seguridad y equipos de emergencia: el fin de la falsa fortaleza

Otro de los nodos analíticos abordados fue la devastadora incidencia del suicidio en la primera línea de intervención del Estado: el personal policial y los equipos de emergencia. El sociólogo Santiago Galar visibilizó que en el último año los suicidios en fuerzas federales crecieron un 30%, llegando a triplicar las tasas generales de la sociedad. Este fenómeno es el resultado de la matriz militarizada de las instituciones, la precarización laboral, la portación constante de armas de fuego y las imposiciones de un estado policial que somete al agente a un estrés constante.

Coincidiendo con este diagnóstico, el psicólogo Diego Nuñez remarcó que las fuerzas operan históricamente bajo un paradigma taylorista y reactivo, donde el desgaste emocional crónico se invisibiliza tras el mandato institucional y cultural de una falsa “fortaleza inquebrantable”. Para transformar esta realidad, Nuñez propuso la implementación transversal de una Arquitectura Salutogénica y una gestión científica del estrés. Esto implica desterrar el modelo asistencialista para crear organizaciones basadas en principios de comprensibilidad, manejabilidad y significatividad. Se requieren estrategias multimodales que incluyan despistaje activo, descompresión cognitiva post-incidente, redes institucionales de escucha activa y gestión segura de medios letales, garantizando así entornos protectores para quienes arriesgan su vida por la comunidad.

Comunicación, cultura y territorios digitales: democratizar el sentido

La mesa dimensionó también el rol insoslayable de la comunicación en esta crisis. La comunicadora Milagros Oberti argumentó que la coyuntura actual no es únicamente política o económica, sino eminentemente técnica, moldeada por los ecosistemas de plataformas, la inteligencia artificial y la constante “infodemia”. En este marco, lo técnico y comunicacional funcionan como determinantes directos de la salud mental de la época.

Para lograr intervenciones efectivas, las políticas deben considerar los distintos niveles de circulación de la información y comprender que la salud mental hace tiempo no es un simple “tema”, sino un campo complejo e interseccional atravesado por dinámicas de clase, género, edad y geografía. Oberti trazó lineamientos estratégicos: pasar de las buenas intenciones discursivas, articular las prácticas, experiencias y espacios ya existentes,  a la política pública sistematizada, y materializar el reclamo fundamental de “nada de nosotrxs sin nosotrxs”. Esto no significa adoptar la postura paternalista de “dar voz” a los afectados, sino estructurar una verdadera distribución de los recursos y capitales comunicacionales para que los distintos actores y colectivos puedan ocupar espacios de manera democrática.

Hacia un entramado de soluciones comunitarias y estatales

La prevención y la posvención no pueden recaer únicamente en un sistema sanitario desfinanciado, en docentes desbordados o en profesionales colapsados. El diagnóstico es concluyente: se necesita un replanteo integral.

El debate dejó como saldo la urgencia de articular las acciones de las  instituciones, fortalecer el trabajo territorial y consolidar las redes de cuidado continuas. El desafío contemporáneo ya no se limita únicamente a evitar la muerte en la urgencia clínica, sino a exigir la presencia del Estado y construir colectivamente las condiciones materiales, culturales e institucionales que hagan posible una vida con sentido, vínculos y horizonte.